La noosfera y los cuatro jinetes del Apocalipsis. Parte I

Por Iroel Sánchez.

 El conocimiento es un producto del trabajo humano, al menos en cuatro sentidos. Primero, en cuanto es necesario trabajar para producir conocimientos; segundo, en cuanto la materia prima fundamental para esa labor proviene de la experiencia acumulada por nuestra especie en su incesante transformación del mundo en que habitamos; tercero, en cuanto que – como todo proceso de trabajo – la producción de conocimiento es una acción racional determinada en sus métodos y procedimientos por los fines que persigue. Y, finalmente, porque la práctica es el criterio de la verdad o, si se quiere, porque la calidad del conocimiento está íntimamente relacionada con su capacidad para ayudarnos a comprender el mundo, y transformarlo de manera adecuada a nuestras necesidades, tal como las entendemos en cada etapa de nuestro desarrollo como la especie que somos.

Esto permite entender que el conocimiento puede y debe ser objeto de una gestión encaminada a organizar y orientar su producción, y a optimizar el aprovechamiento de sus frutos. Esa gestión del conocimiento, como se la denomina hoy, ha venido a emerger como un área específica de actividad social en el marco más amplio del proceso de globalización, esto es, de transformación del mercado mundial en una unidad que funciona en tiempo real.

Esto no equivale a decir, de ninguna manera, que la gestión del conocimiento sea un producto de la globalización. En lo más esencial, la labor de organización y dirección de los procesos de producción, aplicación y difusión del conocimiento ha estado presente en toda sociedad, desde las más primitivas a las más modernas, y determinada en cada una de ellas por sus formas de vida y propósito.

Así, por ejemplo, en la Grecia clásica coexistieron formas extraordinariamente refinadas de producción de conocimiento con otras particularmente toscas de aplicación del conocimiento a la producción material, y una difusión limitada a las formas más abstractas del conocimiento restringida a los estratos superiores de aquella sociedad. El paso de la Academia clásica al monasterio de la Alta Edad Media y a la Universidad del otoño del feudalismo constituye un proceso relativamente bien conocido de sucesión de estructuras de gestión del conocimiento correspondientes a sociedades rurales, rígidamente estratificadas y organizadas en lo esencial – al decir de Immanuel Wallerstein – como economías mundo, mas no como elementos de una economía mundial.

El período que va de 1450 a 1550 fue, a un tiempo, el del nacimiento de lo que vendría a ser la moderna sociedad capitalista – cuya primera madurez se ubica hacia 1850 -, y el de la desintegración de las estructuras de gestión del conocimiento precedentes, y la formación de las premisas sobre las que llegarían a integrarse estructuras nuevas. Ambos procesos están íntimamente vinculados entre sí, y se asocian por ejemplo en el desarrollo y difusión de lenguas nacionales cultas, distintas al latín clerical hasta entonces dominante en la difusión del conocimiento. Ese proceso alcanza su primer momento climático entre 1534 y 1611, en lo que va de la publicación de la Biblia traducida al alemán por Martín Lutero a la de la traducida a lengua inglesa por iniciativa de la casa reinante en Inglaterra.

Ese período es, también, el de la formación de una cultura laica, en cuyo marco se desarrollan actividades de investigación que hoy llamaríamos “científica”; surgen demandas de un tipo nuevo de producción de conocimiento para la producción material – en casos como los del control de la energía hidráulica, de la agricultura y de la minería – y empiezan a formarse especialistas laicos en la aplicación del conocimiento a las actividades productivas. Al propio tiempo, las viejas estructuras de gestión del conocimiento se van viendo marginadas de ese proceso de transformación de los vínculos entre el conocimiento, la producción material y la vida espiritual, para especializarse en la formación de los tres tipos básicos de la intelectualidad bajo medieval: el teólogo, el abogado y el médico.

Esta transformación se hace evidente, por ejemplo, en hechos como la escasa – si alguna – participación de las viejas universidades en la revolución industrial de fines del XVIII y principios del XIX, y el florecimiento – paralelo a esa revolución – de organizaciones laicas estatales de promoción del conocimiento científico que adoptaron el nombre de Academias o Colegios Reales. La importancia de estas entidades se expresa, por ejemplo, en que ni Adam Smith estudiara economía ni Charles Darwin biología en el sentido en que entendemos hoy esas disciplinas, ni en el tipo de entidades en que vino a practicarse ese estudio de mediados del XIX en adelante. Ninguno de ellos, por otra parte, desempeñó su labor de investigación en entidades universitarias.

Aquel proceso de transición vino a culminar cuando el cascarón de la vieja universidad medieval, con su carga de añejo prestigio, fue convertido en el andamio adecuado para crear una entidad de nuevo tipo, destinada a vincularse de manera cada vez más estrecha a la producción material y espiritual de una sociedad que entonces alcanzaba su primera madurez. Así, el viejo trívium medieval cedió lugar al positivista – ciencias naturales, ciencias sociales, Humanidades -, y al nuevo quadrivium tecnológico, con la incorporación de las ingenierías a la tríada anterior.%

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