El Don Juan de las bibliotecas . Clásico de Alberto Manguel

La “Historia de la lectura”, un testimonio de la pasión lectora desde los antiguos escribas mesopotámicos a nuestros días, vuelve con material inédito.

Carlos María Domínguezvie oct 3 2014     PUBLICADO por primera vez en 1996, Una historia de la lectura de Alberto Manguel se convirtió en un libro de referencia sobre el pasado de una vocación humana que ya cuenta seis mil años. A una década de su lanzamiento en español, el libro regresa con la suma de nuevos ensayos alrededor de lectores y libros, bajo la traducción de Eduardo Hojman, porque pese a ser argentino, Manguel escribe en inglés, vive actualmente en una villa de los alrededores de París y ha pasado demasiados años lejos de Buenos Aires, donde durante cuatro años de su juventud leyó para Jorge Luis Borges. Esa experiencia proyectó la ambición de bibliófilo que acompañó sus trabajos editoriales y su producción de escritor en varios géneros. Acaso también explica que Manguel ingrese a un tema universal por sus experiencias de lector, y que su libro alterne la erudición con circunstancias y asombros personales.   Dijo George Steiner que Alberto Manguel es un Don Juan de las bibliotecas y no lo desmiente su amoroso vínculo con los libros; tampoco el masivo interés por las formas de la recepción literaria, ni la estructura desordenada y amena de este libro que salta de un siglo a otro por asociaciones de ideas y afinidades temáticas. Alejado de los usos académicos – aunque un grueso cuerpo de notas y bibliografías acompaña el volumen – Una historia de la lectura es un libro de difusión histórica y, a la vez, un testimonio de la pasión lectora desde los antiguos escribas mesopotámicos a nuestros días. La idea genérica es la condición interpretativa del hombre, expresada menos como fatalidad que como vocación, se trate de las entrañas de un pájaro, las señales del tránsito o una robusta enciclopedia. En el paso del arte de la adivinación a la lectura medió la creación de la palabra escrita que reclamó sucesivos modos de leer y preservar las letras, identificadas primero como imágenes y representaciones, luego como signos de diferentes sonidos.

LECTURA SILENCIOSA

Manguel reseña y evoca muchas escenas de lectura en la antigüedad, cuando se ejercía en voz alta, y el camino de su transformación en actividad privada y silenciosa, con riesgo de volverse invisible al control de los demás, asunto especialmente sensible en el caso de la educación de las mujeres. Fue en la época de San Agustín, en el siglo IV d.C., cuando aparecieron los primeros testimonios de la lectura silenciosa, origen de un progresivo canon en los signos de puntuación, en el que cumplieron un papel decisivo los copistas irlandeses durante el siglo IX, en plena Edad Media.   La historia de los soportes de las primitivas tablillas cerámicas, los rollos de pergamino, los códices y libros, hasta el sistema de rollo en la tecnología de las computadoras actuales, comparece con un abanico de testimonios sobre las formas de acumular el saber, la creación de las bibliotecas públicas y privadas. Un exceso de la pasión lectora que podría integrar sin violencia el libro de las Mil y una noches fue el caso de un visir persa llamado al-Sahib ibn Abbad Abd al-Qasim. Por no separarse de sus 17 mil volúmenes durante sus viajes, los transportaba en una caravana de cuatrocientos camellos que caminaban en orden alfabético. Con un ingenio modesto, cabría imaginar más de un incidente capaz de alterar el trashumante orden de aquellos libros.

SABER Y SABIDURÍA

El libro de Manguel abunda en testimonios medievales, acaso porque fue centro de su interés personal, pero también por deuda al decisivo papel que cumplieron los monasterios cristianos, hoy olvidado fuera de los estudios académicos.   La Iglesia preservó el saber de la antigüedad cuando las invasiones bárbaras destruyeron el viejo imperio romano, gracias al sacrificado trabajo de los copistas, no menos extremo que el de los lectores capaces de recordar libros enteros en la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Es cierto que los árabes ya habían traducido buena parte de la cultura griega, y lo que no deja de ser notable – también ominoso – es comparar el estado de guerra entre ambas civilizaciones en el siglo XXI con la extraordinaria colaboración de los intelectuales árabes y católicos en la corte de Castilla de Alfonso X (1221-1284), además de otros estados que, durante el Renacimiento, alentaron las traducciones del mundo árabe y recuperaron la cultura griega y latina, con la ventaja, nada menor, de eludir la mediación del dogma católico.   El mundo de los libros que Manguel recorre con infinidad de anécdotas reveladoras ha quedado identificado con el saber, y por una fatal asociación, a la sabiduría, pero con buen tino el autor recuerda que en el mundo antiguo no faltaron reparos al efecto dañino de los libros sobre las capacidades de la memoria personal. En su conversación con Fedro (recuperada en Phaedrus) Sócrates los rechazó con el argumento de que si a la palabra escrita “se le pregunta algo, por querer saber más, sigue repitiendo lo mismo una y otra vez”, ajena al camino elemental de la sabiduría, que para él era la experiencia de la mayéutica. Estaba convencido de que en vez de sabiduría transmitían sus sombras. Esa discusión continuó abierta en Occidente bajo muchas formas de la inteligencia y la insensatez acerca del valor de la lectura. Entre las más claras y uruguayas, la prédica de Joaquín Torres García que, con espíritu whitmaniano, sostuvo la necesidad de prescindir del saber aprendido para entablar un vínculo directo y personal con la complejidad del mundo; entre las más necias, el descrédito de los lectores por parte de los hombres prácticos, a lo que cabría agregar la nueva paradoja digital, que almacena el conocimiento en discos duros, pero aleja al usuario de la memoria de hasta lo que almacena.   Reservorio de conocimiento o casa de los extraordinarios logros de la literatura, los libros se han adherido a la humanidad como abalorios de una necesidad irrenunciable. Una historia de la lectura reseña muchas experiencias lectoras y culmina enfrentada a su limitación en el inabarcable laberinto de “La historia de la lectura”, un libro que el autor solo puede imaginar, a consciencia de que se trata de una irrealizable utopía. Desde ese punto de vista, el fracaso de Alberto Manguel es generoso: acerca al lector la tradición que integra cada vez que toma un libro y escucha su letra.   UNA HISTORIA DE LA LECTURA, de Alberto Manguel. Siglo XXI, 2014. Buenos Aires, 373 págs. Distribuye América Latina.   Diario El Pais – Uruguay  

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