Democracia y Ley Islámica (Parte I)

Para entender lo que está sucediendo hoy en Medio Oriente, debemos remontarnos al final de la Primera Guerra Mundial. El Imperio Austrohúngaro había sido destruido y de las ruinas surgió una colección de naciones.  Estos estados -que incluían a Austria, Hungría, Rumania y Checoslovaquia- no fueron creaciones arbitrarias. Sus límites reflejaban antiguas divisiones por la lengua, religión, cultura y etnia. A pesar de todo, el acuerdo se derrumbó en dos décadas, en parte debido a la llegada al poder del nazismo y el comunismo, ambas ideologías de conquista.  Hoy damos por sentados a los Estados nacionales de Europa central. Son entidades políticas establecidas, todas con un gobierno elegido por los ciudadanos que viven en su territorio.  El Imperio Otomano, cuyos territorios se extendían por todo el Medio Oriente y el norte de África, colapsó al mismo tiempo que el Austrohúngaro. Los aliados victoriosos dividieron el Imperio Otomano en pequeños estados territoriales. Pero pocos de ellos disfrutaron de  un corto lapso de democracia. Muchos han sido gobernados por clanes, sectas, familias o militares, asistidos a veces por la represión violenta de todos los grupos que desafían al poder dominante, como está ocurriendo en Siria.

En algunos casos la democracia echó raíz. El general del ejército de Turquía Mustafa Kemal Ataturk (1881-1938) fue capaz de defender el corazón del imperio y convertirlo en un Estado moderno en el modelo europeo. En otros lugares, muchos se identificaron más con la religión que con la nación, como Hassan al-Banna (1906-1949), fundador de los Hermanos Musulmanes en 1928,  que dijo a sus seguidores que reunir a los musulmanes del mundo en un Estado islámico supranacional, un califato, debía ser una prioridad.

El resultado de imponer fronteras nacionales a personas que se definen en términos religiosos es el tipo de caos que hemos visto en Irak, donde sunitas y chiítas luchan por dominio, o lo que ahora presenciamos en Siria, donde una secta islámica minoritaria, los alauitas,  ha mantenido un monopolio del poder social desde el surgimiento de la familia Asad. En contraste, Europa se define en términos nacionales. En todo conflicto es la nación la que debe ser defendida. Se  descarta que “Dios haya ‘ordenado’ lo contrario”. Tal idea es un anatema para el islam, que se basa en la creencia de que Dios estableció una ley eterna a la que los humanos deben someterse. Eso es lo que la palabra significa “islam”: sumisión.

En cuanto a Turquía, el islam sunita fue la fe oficial de los otomanos y ninguna otra forma de islam fue reconocida formalmente. La tolerancia se extendió a las diversas sectas cristianas, a los zoroastrianos y judíos. Pero la historia oficial durante varios siglos fue que el Imperio fue gobernado por la ley sharia, la ley sagrada del islam, reforzada por un código civil y el derecho interno de las diversas sectas toleradas. Ataturk abolió el sultanato y estableció un nuevo código civil, sobre la base de los precedentes europeos. Hizo una Constitución que expresamente cortaba todas las relaciones con la ley islámica, impuso un sistema laico de educación y ordenó la lealtad a la patria turca como el primer deber de todo ciudadano. Ataturk rehízo a Turquía como una nación definida por idioma y territorio en lugar de por el partido o la fe. El sufragio universal para ambos sexos fue introducido en 1933 y el país sigue regido por un sistema jurídico que deriva su autoridad de legisladores humanos en vez de una revelación divina. Pero  su población es casi enteramente musulmana y experimenta la nostalgia por la forma de la vida invocada en el Corán. Por ello, existe una tensión entre el estado laico y los sentimientos religiosos de la gente. Ataturk era consciente de esta tensión, y nombró al ejército como guardián de la Constitución secular; como defensor del progreso y la modernidad, lo que situaría el patriotismo por encima de la devoción religiosa.  Obedeciendo a su función designada, en varias ocasiones el ejército turco ha intervenido para defender la visión de Ataturk. En los últimos años, lo hizo, cuando el gobierno del primer ministro Recep Erdogan retrocede hacia los tradicionales valores islámicos. El partido Justicia y Desarrollo de Erdogan es nominalmente secular. Pero él es un hombre del pueblo y un musulmán que cree que el Corán contiene la inspiración divina y única guía válida para la vida humana. No está contento con una Constitución que pone al patriotismo por encima de la devoción y que hace del ejército,  y no de la mezquita, el guardián del orden social.  Por lo que oponerse en Turquía, se está volviendo peligroso. Periodistas, militares que critican al primer ministro, son demandados o puestos en la cárcel bajo delito de subversión. El caso de Turquía ilustra claramente el punto de que la democracia, la libertad y los derechos humanos no son una cosa, sino tres.

BBC – Mundo

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